viernes, 26 de abril de 2013
ECONOMIA DE LA RELIGION O EL DERECHO A SER TARUGO
Dicen los tratadistas que el derecho supremo es el derecho a la vida. Lo es, no cabe duda, pero sin embargo no es precisamente el que más se defiende, porque además, tiene la limitante de sólo referirse a la vida biológica. Considero que inconscientemente la humanidad entera a lo largo de su historia el que más defiende y por ende protege es el derecho a ser tarugo. En efecto, la sumisión al poder constituido nos lleva a asumir como buenas las verdades que el poderoso crea para mantenerse en el poder y que difunde a través de los medios de comunicación. Basado en la voluntad de poder nietzscheana el poder no solo busca mantenerse, sino busca crecer y para hacerlo debe doblegar a los gobernados y hacerles creer que tiene la facultad divina de crear verdades que han de mantenerlos postrados para que los privilegiados sean quienes manden en la sociedad.
Así, difunden su ideología y los justiciables solo han de concebir como verdades las que su enemigo histórico crea, consiguiendo de esa forma castrar su rebeldía natural. Para ello, se afanan en confundir desde la más tierna infancia a las personas: un niño, que a los 6 años ingresa a la primaria y empieza a aprender ciencias, todo lo que entendió de este mundo y de sí mismo, lo echa al cesto de la basura cuando los fines de semana sus padres lo mandan al catecismo para que “haga la primera comunión”.
En ese remedo de educación complementaria le dicen que no, que el hombre no surgió por evolución, sino por creación de un ser divino cuya voluntad es absoluta, que su vida es prestada, que los sufrimientos en este mundo serán compensados con la vida eterna que gozará al morir al lado de su creador; que éste tiene un plan de vida para él y cuya voluntad no puede cambiar por sí mismo, sino que solo debe esperar su realización a través de la misteriosa acción de la divinidad.
Ante esto, el infante no puede ni siquiera cuestionarse el por qué le enseñan tamañas contradicciones y en su mente, inconscientemente se produce un fenómeno que no ha sido suficientemente estudiado aún: la conversión de un ser libre y rebelde por naturaleza a un ser tarugo que ha de tragarse lo que el sistema de poder le da.
Así, se convierte sin querer en su aliado y defensor y hablándose interiormente y sin escucharse concluye: si soy producto de un creador, si éste tiene un plan para mí y yo no lo puedo variar, entonces para qué me esfuerzo; para qué aprendo ciencias si la voluntad divina es la que rige al mundo, tan solo debo esperar a que el creador realice en mí su voluntad y entonces, solo entonces, sabré cuál es su plan para mí: si seré pobre, si seré rico, si seré un profesionista o un obrero, si seré feliz o infeliz.
El panorama que se le abre ante la vida es así, sencillo. Únicamente debe esperar, obedecer y resignarse. Todo está planeado y lo que venga en adelante debe aceptarse con resignación. Por tal motivo, está vida no vale la pena, habrá que esperar la mejor al lado del absoluto.
¡Vaya forma de esclavizar al hombre! Apenas asoma a la vida y ya el mundo le está mintiendo con “verdades” plasmadas en un libro escrito hace unos 2000 años y cuyos preceptos han sido ampliamente superados por la evolución del pensamiento científico y filosófico, pero que le son reservados a los ingenuos, quienes aceptan su papel de dominados en la forma concebida por el pasaje del amo y del esclavo de Hegel.
A partir de ese rincón histórico al que es arrojado, el sujeto histórico, el dasein heideggeriano, el proletario, defiende y protege su condición porque no tiene de otra y quienes podemos contribuir a su liberación, nos conformamos con escribir bonito y abstracto para aparecer ante los demás como muy canelones, iniciados y superiores a los demás mortales. Nos llena el ver nuestro nombre como autores en libros, revistas, periódicos y dando conferencias que nadie entiende porque entre menos nos entiendan más nos aplauden como reconocimiento a nuestra erudición y para no aparecer los oyentes como ignorantes.
Pero es precisamente por ignorancia que nos vence el sistema de poder, porque nosotros no somos capaces aún de indignarnos ante quienes nos convierten en sus aliados para ayudarles a ejercer su dominio.
La Historia no avanzará y el capitalismo no terminará mientras los depositarios del conocimiento humano no troquelemos en las conciencias de nuestros pares el horror del sistema y las herramientas que a partir del Manifiesto de 1848, tenemos para derrumbar al régimen.
El derecho a ser tarugo, no es un derecho; es una condición histórica denigrante impuesta a la que, al menos como intelectuales, no tenemos derecho. Su combate coadyuvará a que la especie humana alcance su liberación y entonces, como dijo gran el filósofo de la ciencia política “hombres de generoso corazón vendrán a humedecer nuestras cenizas con sus ardientes lágrimas”(*)
(*) Karl Marx.- Tesis de Bachiller “Cómo escoger una profesión o un oficio”.- Berlín, 1834
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